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Pablo,
el apóstol de la caridad de palabra
Fuente:
Gama - Virtudes y Valores
Autor: Carlos López, L.C.
A nadie le gusta
experimentar la amargura de la mentira y del embuste, ni siquiera el
sinsabor de una simple mofa o un insulto. Son ratos decepcionantes. Qué
desagrado saber que se es víctima de una mala referencia. Duele el
orgullo, el honor. Se piensa inmediatamente, y no siempre de buena
forma, sobre el autor de tal desatino.
Pero la experiencia enseña lo fácil que es caer en estas insidias. Se
podría pensar en esas conversaciones subidas de tono que desconciertan,
porque, entre puyas y sarcasmos, se pisa fácilmente el nombre de un
amigo o de un conocido. A pesar del buen rato que se pasa, al final se
experimenta cierta insatisfacción, como un vacío, y en algunos casos
hasta se siente el remordimiento de haber cometido una injusticia.
Por el contrario, ¡qué delicioso sabor deja una conversación sana o un
comentario constructivo donde nadie sale mal parado!
San Pablo fue el apóstol de la caridad de palabra; aquél que aconsejó:
“No salga de vuestra boca palabra dañosa sino sólo la que sirva para
edificar y para hacer el bien a quienes os escuchan” (Ef 4,29). Y se
refería a una costumbre que Él mismo procuraba practicar porque la
llevaba a flor de piel: “Hermanos, tened en mucha estima todo lo que hay
de verdadero, de justo, de santo, de amable, de elogiable; toda virtud y
todo lo que merece alabanza. Practicad todo lo que aprendisteis de mí,
lo que recibisteis de mí, lo que oísteis de mí, lo que visteis en mí” (Flp
4,8-9).
A veces es difícil cerrar la boca y morderse la lengua en casos
particulares, como cuando se recibe una ofensa, o cuando se antoja
alguna ironía. A este respecto, san Pablo recomienda una actitud que
rompe todo esquema mundano para sobreponerse en un plano más honroso y
caballeroso: la caridad. “La caridad es paciente, es benigna; no es
envidiosa, no es jactanciosa, no se hincha, no es descortés, no busca el
propio interés, no se irrita, no piensa mal, no se alegra de la
injusticia; se complace en la verdad” (1Co 13,4-6). ¿Por qué, en lugar
de un reclamo, un enojo, una cara fea o un insulto, mejor no se devuelve
una sonrisa, una mirada compresiva, una palabra de ánimo, o si es el
caso, de perdón? ¿Por qué no, antes de soltar el comentario frívolo, se
deja en el bolsillo y se habla de temas edificantes?
Quien se limita a lo externo o a lo superficial nunca llega a apreciar
la gran riqueza interior de tantas personas y, por tanto, las
conversaciones y juicios se quedan en el chisme y en el comentario
trivial de los defectos ajenos, como si uno no tuviese los propios. Por
eso, en las relaciones interpersonales siempre se debe ir a lo más noble
del hombre, a su valor, a su espíritu. “Toda acritud, ira, cólera,
gritos, maledicencia y cualquier clase de maldad desaparezca de entre
vosotros. Sed buenos entre vosotros, perdonándoos mutuamente” (Ef 4,32).
Cuando el Apóstol escribía estas fogosas recomendaciones simplemente
hablaba de lo que llevaba en su interior, en su corazón: la caridad. El
deseo de comunicarla le consumía por dentro. De hecho, después de su
conversión, dedicó toda su vida a transmitir la buena noticia del
Evangelio. Sus palabras, aunque firmes, siempre comunicaron noticias
positiva de sus muchos viajes, y fueron, además, un bálsamo de consuelo
para las diversas comunidades cristianas. No cabe duda de que estuvo
bien inspirado en las palabras del Maestro: “No juzguéis, para que no
seáis juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis seréis juzgados, y
con la medida con que midáis se os medirá” (Lc 6, 37).
¡Vence el mal con el bien!
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